El Destructor: Cómo hacer que los demonios se arrastren
Jack Klumpenhower
2/19/2012

Al comienzo del ministerio de Jesús hubo un incidente en Capernaúm con un hombre que estaba poseído por un demonio. El demonio se puso como una fiera y comenzó a gritarle a Jesús: «¡Vete! ¿Por qué te entrometes con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? ¡Yo sé quién eres: el Santo de Dios!» (Lucas 4:34, NTV).

La pregunta del demonio: «¿Has venido a destruirnos?» es interesante, dado que lo único que Jesús había hecho era ordenarle que se callara y saliera del hombre. Al parecer, el demonio salió ileso. Entonces, ¿por qué le preocupaba ser destruido? Y, ¿a quién se refería con «nosotros»?

El Rey Destructor

Ese incidente está relacionado con la identidad de Jesús. No solo es un hombre sencillo que vemos en los dibujos de la escuela dominical; también es el Destructor.

Los destructores son gente que viene bien tener de aliados, y los israelitas sabían esto. El Salmo 2 prevé a un rey de Israel, elegido por Dios, que va a la guerra contra las naciones circundantes, malvadas, que conspiran para herir al pueblo de Dios. Él dice que el rey será un destructor: «Las quebrarás con vara de hierro y las harás pedazos como si fueran ollas de barro» (Salmo 2:9, NTV). Sí, es violento, pero si estamos cercados por enemigos que amenazan con atacar nuestras familias, ese es el tipo de rey que necesitamos.

También nosotros estamos cercados por los peores males posibles, males mortales. El mundo no solo está lleno de gente cruel sino que a cada paso nos amenazan las tentaciones del diablo. Él quiere enredarnos con la codicia, el odio, la falsedad y el chisme, el egoísmo sexual y la pornografía, la adoración de ambiciones egotistas y las comodidades. Llámelo como quiera, él quiere atraparnos con cualquier cosa. Es astuto, implacable y poderoso.

El diablo también parece tener éxito: «La paga que deja el pecado es la muerte» (Romanos 6:23, NTV), y todos morimos.

La victoria del Destructor

El Salmo 2 también es un anticipo de Jesús. Tenemos al Destructor, al cual necesitamos con mucha desesperación.

1 Juan 3:8 dice: «Cuando alguien sigue pecando, demuestra que pertenece al diablo, el cual peca desde el principio; pero el Hijo de Dios vino para destruir las obras del diablo» (NTV).

El demonio en Capernaúm tenía una buena razón para tener miedo. Había estado cara a cara con su Destructor. Solo tres años después Jesús derrotó a las fuerzas del mal para siempre al morir en nuestro lugar y resucitar tres días después. Aún así, ni siquiera ese golpe impresionante fue diseñado para derrotar al diablo por completo. El golpe final todavía está pendiente por asestarse, cuando Jesús regrese. «Él le entregará el reino a Dios el Padre, luego de destruir a todo gobernante y poder y toda autoridad. Pues Cristo tiene que reinar hasta que humille a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el último enemigo que será destruido es la muerte» (1 Corintios 15:24-26, NTV).
Ese es el día que anhelamos; el día que el diablo temía; el tiempo en el que no habrá más trampas ni pecados egoístas ni muerte. La victoria final del Destructor.

Derribando a los demonios


Hasta entonces, este tema es de gran importancia para nuestra vida:
Primero, en nuestras batallas diarias contra el egoísmo y el pecado no debemos vivir jamás como perdedores. Algunas veces llegamos a pensar que ciertas tentaciones tienen un poder tan fuerte en nosotros que nunca podremos derribarlas por completo; como esas ollas de barro del Salmo 2. Creemos que lo mejor que podemos hacer es resistirlas de vez en cuando. Así, con cierta inquietud, nos convencemos a nosotros mismos de que todo va bien y nos sentimos satisfechos con una obediencia a medias en ciertas áreas determinadas de nuestra vida.

Esa no es la actitud de un triunfador. El Destructor está de nuestro lado. Los caminos del diablo están condenados al fracaso; están en el bando perdedor. Debemos aplastarlos cuanto antes, y podemos hacerlo.

En segundo lugar, aunque luchamos contra el pecado con seguridad, nunca debemos tratar de hacerlo con nuestro propio poder. Jesús es el Destructor, nosotros no lo somos. Nuestra fuerza de voluntad nunca será suficiente, pero si confiamos en su poder, seremos triunfadores.

Esto quiere decir que debemos cultivar una seguridad, profundamente arraigada, de que Jesús ha pagado por todos nuestros pecados en la cruz de manera que nada de lo que hagamos o dejemos de hacer puede alterar el amor de Dios por nosotros. Esto es confianza. Detiene de golpe tanto el orgullo como la inseguridad. La confianza también significa orar; y mucho. Quiere decir que debemos leer la Biblia que Dios nos ha dado, y  que debemos unirnos a una iglesia en la que seremos pastoreados, rendiremos cuentas y seremos alimentados a través del aliento de la Palabra de Dios. Así es como derribamos a los demonios de nuestra vida, cuando simplemente confiamos en el Destructor en lugar de tratar de resistirlos en solitario.

Y entonces, esos demonios se estremecerán y arrastrarán. Puede estar seguro de eso.

Este artículo es parte de una serie acerca de los nombres de Jesús. La próxima vez: Jesús el Redentor.

Jack Klumpenhower es escritor y trabaja en un ministerio de niños, vive en Colorado.