Cerdos y ovejas
Ron DeBoer
2/15/2012
Aunque la granja en la que crecí se dedicaba principalmente a la industria lechera, mi padre criaba cerdos de vez en cuando. Los cerdos son animales graciosos. Algunos niños que conocíamos los criaban como mascotas y hasta dejaban que entraran en sus casas, pero a nosotros no nos lo permitían.
Nuestros cerdos gruñían y escarbaban en los corrales cuando tenían hambre, pero casi todo el día estaban durmiendo, echados de costado. El estiércol lo levantábamos con una pala y lo echábamos en una carreta, y poníamos paja fresca en el suelo. Cuando trepábamos la valla para limpiar los corrales, los cerdos, reconociendo nuestros pasos y voces, seguían durmiendo aunque nuestras palas rozaran sus cuerpos rosados. Sin embargo, si algún extraño, como el veterinario o un vecino, entraba al granero, los cerdos inmediatamente saltaban, se inquietaban y agitaban. Ellos sabían que algo raro pasaba y resoplaban con desagrado, pero cuando escuchaban el sonido de la voz gentil de mi padre diciendo «aquí, cerdo», se calmaban otra vez. La persona que los alimentaba y cuidaba estaba allí y ellos confiaban en él.
En Juan 10:11-16, Jesús usa a las ovejas como ilustración para sus oyentes de que el camino a la salvación es a través de él, Jesús, el buen pastor: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida en sacrificio por las ovejas. El que trabaja a sueldo sale corriendo cuando ve que se acerca un lobo; abandona las ovejas, porque no son suyas y él no es su pastor. Entonces el lobo ataca el rebaño y lo dispersa. El cuidador contratado sale corriendo porque trabaja sólo por el dinero y, en realidad, no le importan las ovejas».
Desde luego, Jesús se sacrificó a sí mismo por nosotros al morir en la cruz. Pero, ¿quiénes son el cuidador contratado y el lobo en esta ilustración? Podemos interpretar al lobo como Satanás, que se presenta de muchas formas distintas. Entra furtivamente en nuestros «corrales» y nos tienta haciendo que pongamos nuestro enfoque en asuntos insignificantes como ascensos laborales, el dinero o la superación personal, para incrementar nuestro valor frente a las personas que están a nuestro alrededor. Nos «dispersa» hacia insensatas búsquedas de felicidad: comprar una casa grande para impresionar a los amigos, ignorar a la familia y trabajar como un caballo de tiro para llegar a lo más alto de la compañía, pasar cada hora del día preocupándonos por nuestro aspecto físico y peso… Cuando ponemos nuestra confianza en productos de belleza, el dinero o nuestra posición laboral, convirtiéndose así en «el cuidador contratado», a cambio se nos ofrece una esperanza muy liviana. Cuando nos llegan las verdaderas tormentas de la vida, (Satanás con su peor cara) como la pérdida del trabajo, la enfermedad o la muerte, ¿son estos «cuidadores contratados», en los que pensábamos que podíamos confiar, de alguna ayuda para nosotros? Por supuesto que no. No nos ofrecen ninguna ayuda en contra del maligno. Sus voces están en silencio cuando nos sentimos angustiados e inquietos en esta vida y comenzamos a buscar significado y verdad.
Jesús hace énfasis sobre sí mismo como nuestra única esperanza mientras continúa con su ilustración: «Yo soy el buen pastor; conozco a mis ovejas, y ellas me conocen a mí, como también mi Padre me conoce a mí, y yo conozco al Padre. Así que sacrifico mi vida por las ovejas. Además, tengo otras ovejas que no están en este redil, también las debo traer. Ellas escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño con un solo pastor» (Juan 10:14-16, NTV). En estos versículos, Jesús les está revelando a los líderes judíos que él es el camino para toda la gente, judíos y no judíos por igual. Las palabras de Jesús hacen eco y cumplen con lo que dijo el profeta Ezequiel cuando profetizó la Palabra de Dios: «Así que yo rescataré a mi rebaño y ya no será maltratado. Juzgaré entre un animal del rebaño y otro. Sobre ellos pondré un solo pastor, a mi siervo David. Él las alimentará y será su pastor» (Ezequiel 34:23, NTV).
Después, en Juan 14:6, Jesús deja la metáfora de las ovejas y el pastor y les dice abiertamente a sus oyentes: «Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie puede ir al Padre si no es por medio de mí» (NTV). Antes de esas grandes palabras de esperanza, Jesús les ofrece una breve ojeada del cielo: «No dejen que el corazón se les llene de angustia; confíen en Dios y confíen también en mí. En el hogar de mi Padre, hay lugar más que suficiente. Si no fuera así, ¿acaso les habría dicho que voy a prepararles un lugar? Cuando todo esté listo, volveré para llevarlos, para que siempre estén conmigo donde yo estoy. Y ustedes conocen el camino que lleva adonde voy» (Juan 14:1-3. NTV).
Es un gran consuelo saber que sin que importe lo que hayamos hecho, ni cuáles sean nuestras circunstancias en esta corta vida, ni cuán inquietos o angustiados nos encontremos, hay una solución sencilla que hace que todas nuestras preocupaciones e inquietudes se desvanezcan: Jesucristo. Él está preparando un lugar en el cielo para nosotros. Lo único que debemos hacer es renunciar a nuestras insignificantes búsquedas y seguirlo a él. O mejor aún, llevémoslo en nuestras búsquedas; lograremos tener un enfoque distinto acerca de las cosas que valoramos cuando el Buen Pastor nos guíe.
Ron DeBoer es un educador y escritor que vive cerca de Toronto.